Cosa de Viejos
Ayer o antes de ayer, estaba hablando con mi vieja por teléfono y hablábamos de mi abuela, que tiene 84 años, vive sola, y hace unos días se cayó y se lastimó feo la pierna.
Ya hace un tiempo que pensamos que es mejor que mi abuela se vaya a vivir a la casa de mis viejos, para tenerla más cerca y poder cuidarla, que no esté sola. Pero ella no quiere de ninguna manera.
Hoy, estaba intentando dormirme, sin demasiada preocupación porque mañana es feriado y no tengo que levantarme a ninguna hora en especial, y de repente algunas imágenes y cosas empezaron a cruzarse por mi cabeza. No estoy seguro por qué, pero tal vez esté intentando entender a mi abuela.
No me es posible describir con lujo de detalle las imágenes y pensamientos porque la estructura fue un poco onírica (o sea que no tenían mucha estructura). Pero, si no recuerdo mal, la imagen que disparó todo o empezó a “conectar” fue la de un racimo de uvas colgando de una parra.
Hace unas semanas tuve una reunión de trabajo en Mendoza, y nos llevaron a un restaurante que tenía un patio, y me encontre debajo de una parra, en puntas de pie, estirándome para alcanzar las uvas y arrancarlas.
Esa situación me transportó inmediatamente a mi infancia: la única parra que yo había conocido en mis casi 31 años de vida, estaba en el patio de la casa de mi abuela. El patio que cada verano se techaba con las hojas de parra y las uvas. El patio que era el lugar de encuentro obligado para el asado o la pasta de los domingos.
En ese lugar, yo me subía a la escalera que lleva a la terraza, y a través de la varanda me estiraba hasta agarrar las uvas y arrancarlas. O cuando era el “día de la cosecha” veía al abuelo José con la escalera plegable y la tijera de podar, y me quedaba mirando desde abajo con el tupper en el que juntábamos las uvas. Creo que recién como a los 10 años, cuando alcancé una altura razonable, pude acceder a cortarlas yo mismo mientras el abuelo me sostenía la escalera.
Pero esa parra, ya hace varios años se secó. Será porque algunos años antes, había dejado de existir el encuentro de los domingos -nadie (o al menos yo) sabe muy bien por qué-.
Ayer o antes de ayer, en la misma conversación con mi vieja, así, como al pasar, me dijo que Marta había cerrado el kiosco.
Mi abuela vive en una esquina, con la puerta principal por la calle Rotterdam y la salida de atrás, que da a la calle Ortega y Gasset. La verdad que para mí siempre fue al revés: la entrada principal fue la de atrás, esa en la que hay que abrir el pasador de la puerta reja, pasar por el patio con la parra y abrir la puerta mosquitero para entrar por el lavadero y pasar después a la cocina.
Sobre Ortega y Gasset, casa de por medio, siempre estuvo el kiosco de Marta, salvo los domingos a la tarde, que se convertía en una persiana baja. El preámbulo del kiosco siempre era el primer cajón del mueble del comedor, donde estaba la plata. Cuando la abuela abría ese cajón venía el billete para ir al kiosco y comprarme el Topolino (el chupetín con sorpresa que debe ser el antecesor del huevo Kinder de hoy), o los Sugus sueltos, o más adelante el Tubby 4. Incluso hubo temporadas de verano, cuando ya tendría unos 12 años que me pasaba el día entero en el kiosco y ayudaba a atenderlo y hasta a ordenar la vidriera.
Ese mismo kiosco que no sé muy bien cuándo, se quedó congelado ahí, en un domingo a la tarde y ahora es sólo una persiana baja.
Así empezaron a aparecer otras imágenes de mi infancia, como la heladería Rochita, la casa de zapatillas Mendes, el kiosco de “la villa” donde íbamos a comprar las figuritas de E.T. -porque Marta no vendía figuritas-, el almacén de Don Pepe…
y me estoy preguntando si así como la parra del patio o el kiosco de Marta todo eso se habrá esfumado y está solamente en mi memoria.
o si todavía hay cosas que están o al menos han dejado algún rastro.
y ahí pensé: si sólo están en mi memoria, por cuánto tiempo más se quedarán ahí?
Me invadió una sensación que me llevó a comenzar a escribir, a hacer memoria, a tener ganas de buscar fotos, volver por esos lugares… a reconstruir mi camino.
Hoy a mis 30, casi 31 años me sorprendí con esta sensación, este sentimiento, que hasta ahora no lograba entender. Esa nostalgia que para mí era “cosa de viejos”.
Será que hoy, hace un rato, a eso de las 3 y media de la mañana, me hice viejo?
Capaz que ahora que soy viejo, puedo entender un poco mejor a mi abuela. Y darme la posibilidad de dudar que es realmente lo mejor para ella.
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